El fútbol debe volver: César Augusto Londoño

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Escucho decir que el fútbol no es importante y no merece regresar tan pronto como otras actividades económicas, porque se expone la salud de los protagonistas y es más importante la vida que la pelota.

Creo, por el contrario, que sí es importante y merece volver, dentro de las seguridades básicas; y no hay que compararlo con nada para destacarlo o menospreciarlo.

Solo hay tres cosas en el mundo que unen las naciones: las guerras, las tragedias y el deporte. El fútbol nos iguala, nos brinda emociones permanentes, difícilmente encontradas en otras actividades, genera empleo, proyecta identidades, ofrece ilusión y es un fenómeno social indiscutible que amarra y congrega el mundo entero. Ahí está relacionado su poder y penetración, y hoy tiene una oportunidad única en el contexto mundial para cambiar esa imagen de soberbia y prepotencia que tiene por manejar una industria millonaria que se ha ufanado de ser impenetrable, convirtiéndose en un instrumento de cambio y proyección.

En 1995 la “Ley Bosman” disparó de forma exagerada el costo de los jugadores, muchos cobraron más, amplió el espectro de sus estrellas que llegaron a tronos fortalecidos por la importancia mediática del espectáculo. En el primer decenio de este siglo había un solo futbolista entre los 50 deportistas que más dinero ganaban, hoy son los tres primeros de la lista.

El fútbol sobrevivió a las catástrofes humanas, superó las crisis de los mercados financieros, supo aceptar la indiferencia de los cultos, se sobrepuso al odio de los intelectuales, está tratando de salir de la incredulidad por la descarada corrupción y lucha para que los gobiernos autoricen su funcionamiento en medio de la pandemia; y aunque es el deporte más visto en el planeta, le ha tocado remar para que sea considerado en los difíciles momentos.

En una Eurocopa le preguntaron al escritor portugués Manuel Alegre: “¿Qué puede cambiar el fútbol?”, él respondió: “cambia el espíritu y si el espíritu cambia, cambia todo”.

Cuando Joao Havelange llegó a la presidencia de la FIFA afirmó: “yo vendo un producto llamado fútbol”. En ese momento perdió su fuerza simbólica y empezó a abrir su espacio en la industria del entretenimiento. Ganó millones de seguidores, montañas de dólares, espacio preferencial en los medios y cautivó la televisión. Pero también generó odios y desconfianzas por la voracidad del negocio. Hoy el fútbol tiene un lugar significativo en la vida de sus seguidores, en medio de la guerra de intereses, de la tragedia por la pandemia y de su importancia como el deporte más buscado.

Las circunstancias nos obligan a cambiar los hábitos de vida y a entender que vamos a afrontar una nueva normalidad, con una flexibilidad económica más decente, con la posibilidad de que los más necesitados tengan acceso y soluciones reales. Pero hay que proteger el empleo, entendiendo que no será en las mismas condiciones de antes. Vivimos una emergencia médica y social, el hambre o el derecho al trabajo no tienen color político o deportivo, la gente tiene que comer y para hacerlo debe trabajar.

No podemos mirar con prejuicios y sesgos la economía, diciendo que primero hay que salvar vidas; claro que primero está el cuidado y las normas que eviten los contagios, pero sin olvidar la posibilidad de subsistir, porque el fútbol, como cualquier otra actividad productiva, tiene el mismo derecho, así sea sin público, con precauciones especiales, con medidas extremas de control y adaptándose a una nueva forma para afrontar el mundo.

Pensemos más en la vida que en la muerte, como dice John Carling, el fútbol debe volver para alegrar la existencia.

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